PARA CREER

“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (Lucas 24:25).
Llegar a creer en Cristo siempre es un milagro. Si no obra el Espíritu Santo, no hay nada que hacer. Uno puede tener los mejores maestros, escuchar los más poderosos testimonios, ver milagros, y todavía no llegar a una fe salvífica, a no ser que el Espíritu Santo abra los ojos y revele a Cristo al corazón.
Esto fue el caso de los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto hoy es el tercer día que esto ha acontecido. Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive” (v. 21-23). Estos hombres tuvieron toda la evidencia delante de sus ojos y todavía no habían entendido nada. Nos puede frustrar mucho cuando estamos testificando a una persona y explicándole las cosas y no entiende nada. ¡No comprendemos cómo es posible que no lo ve! ¡El Señor Jesús les llamó insensatos a estos hombres por todavía no creer! Ellos tuvieron el testimonio de las mujeres, el anuncio de los ángeles que Cristo había resucitado, la enseñanza sobre todos los textos proféticos del antiguo Testamento que hablan de la muerte y resurrección del Mesías, ¡dados por Jesús mismo!, y todavía no entendían ni creían. Sabían que Jesús había dicho que después de tres días iba a resucitar. Sabían que la tumba estaba vacía, pero no atinaron. Ni ángeles, ni evidencias, ni testimonios, ni Escrituras todos juntos pueden llevan a una persona a creer sin la obra milagrosa del Espíritu Santo en el corazón de la persona.
Esto no significa que no debemos enseñar las Escrituras, ni debemos dar testimonio, ni debemos presentar la evidencia. Tenemos que hacer todo esto. Pero es humanamente imposible producir fe en el corazón de otra persona. Es una obra de Dios.
Con toda su paciencia, el Señor Jesús les enseñó: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todo los profetas, les declaraban en todas las Escrituras lo que de él decían” (v. 27). Las Escrituras siempre trabajan en conjunto con el Espíritu Santo. Dios no toca a una persona ni implanta fe en su corazón por arte de magia sin las Escrituras. Quiere que entendamos. Nuestra fe tiene que tener contenido. Pero las Escrituras sin la obra del Espíritu Santo no son eficaces.
Estos hombres siguieron caminando con Jesús, escuchando la Palabra y viendo al Mesías en texto tras texto, sabiendo que fueron cumplidos en la experiencia de Jesús. Sabían que habían pasado los tres días que Jesús había profetizado, ¡pero no sacaron la conclusión obvia que la tumba estaba vacía porque había resucitado! Cuando llegaron a la casa adonde se dirigían y Jesús ya había concluido la enseñanza, y se sentaron a comer: “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron” (v. 31). “Les fueron abiertos los ojos”. Esto es lo que tiene que ocurrir para que una persona crea. Si Dios no abre los ojos, no hay nada que hacer, pero hay mucho que hacer, porque sí que los abre! Quiere que nosotros testifiquemos y que abramos las Escrituras y Él hace la parte que nosotros no podemos hacer: abre los ojos. Gloria a Dios que lo hace. Nosotros podemos llegar a la mente de una persona, pero solo Dios puede abrir los ojos del corazón y producir el milagro de la fe que salva.