UN OÍDO ABIERTO

“Has abierto mis oídos” (Salmo 40:6).
Necesitamos un oído abierto para escuchar la voz de Dios y recibir su dirección para nuestra vida. No es cuestión de recibir dirección para andar por los caminos que hemos elegido nosotros, ni tampoco de elegir nosotros los sacrificios que hemos de hacer para servir a Dios. Dios mismo escoge los sacrificios y el camino por donde hemos de andar: “Sacrificio y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está escrito en medio de mi corazón” (Sal. 40:6-8). El salmista dice que Dios no ha pedido sacrificio, ofrenda, holocausto o expiación, sino obediencia. Quiere que hagamos su voluntad. Es más fácil ofrecer un sacrificio que hacer la voluntad de Dios. Para poder acertar cuál sea, necesitamos un oído abierto. Jesús tuvo placer en hacer la voluntad del Padre aunque le costase tanto. El autor de Hebreos cita este texto como cumpliéndose a la perfección en Jesús (Heb. 10:5-7).
Este salmo habla de la actitud de Jesús frente a su propia búsqueda de la voluntad de Dios. Nosotros no hemos de elegir el escenario de nuestro martirio o determinar lo que nuestra obediencia a Dios va a costar. Esto lo decide Dios.
Una idea muy parecida la tenemos en la profecía de Isaías: “Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fue rebelde, ni me volví atrás. Di me cuerpo a los heridores, y mi mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos, Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado” (Is. 50:5-7). Esta profecía fue perfecta y hermosamente cumplida en la vida de Cristo. Dios Padre le abrió el oído para darle a entender su voluntad, y lo que le fue revelado fue muy duro. No obstante, el Señor Jesús no volvió atrás, sino que prosiguió el camino de sacrificio que el Padre tenía marcado para él, camino que le conduciría al Calvario. “Habiendo azotado a Jesús, le entregó a ser crucificado” (Mat. 27:26). Jesús ofreció su espalda conscientemente a los que lo azotaban, sin intentar esquivar los golpes: “Dio su cuerpo a los heridores”. Dejó que le escupiesen en la cara: “E hincando la rodilla delante del él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y la golpeaban en la cabeza” (Mat. 27:29, 30).
En estos pasajes vemos a Jesús entregándose al sufrimiento como la voluntad del Padre para él, en cumplimiento de las Escrituras, con una actitud de satisfacción al hacerlo, porque era lo que el Padre le pedía. ¡Qué mezcla de sufrimiento y contentamiento!, realizando el sacrificio que el Padre le pedía. El Señor acertó cuál era porque el Padre le había abierto el oído, y no volvió atrás, porque amaba al Padre. ¡Qué ejemplo más difícil de seguir! Por eso pedimos al Padre que nos abra el oído, para que podamos ofrecerle el sacrificio que le agrade, no el que nos apetece, sino el que el Padre tiene designado para nosotros, su verdadera voluntad para nuestra vida, y el camino que al final realmente nos proporciona satisfacción. Dios nos dará su gracia. Por fe decimos: “Jehová el Señor me ayudará… por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado”. Amén. Así sea.