LA JUSTICIA POR MEDIO DE LA FE

“La justicia de Dios (viene) por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (v.22-23).
Lectura Romanos 3:21-26
La justicia por la fe fue el gran descubrimiento del Lutero, la base de la Reforma que estamos celebrando en estos días. De paso, decimos que esperamos que en los eventos relacionados con su conmemoración se haga hincapié en la justificación por la fe, la gran diferencia entre la doctrina católica y la protestante. Los católicos todavía están intentando justificarse por las obras de la ley, juntamente con los sacramentos, como los del Antiguo Testamento con la ley y la circuncisión. Pero este camino no llega al destino deseado. Dios nunca ha aceptado nuestra adherencia a la ley como base para nuestra aceptación delante de Él, y aun menos los ritos externos. Siempre ha querido nuestro corazón, y como éste está sucio, sin posibilidad de limpiarse a sí mismo, Dios ha empleado el remedio que había destinado desde hace siempre para realizar este fin, a saber, la sangre de su mismo Hijo. Él es el único justo en sí mismo y el que hace justo con su justicia imputada a todos los que se acercan a Dios por medio de Él.
“No hay diferencia (entre judíos y gentiles) por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 22, 23). Dios ha declarado condenados a todos para poder salvar a todos por el mismo medio. Si Jesús solo hubiese muerto por los malos, los que se consideran buenos tendrían que salvarse por sus méritos. El más justo que ha vivido, el patriarca Job, del cual Dios dijo: “Ni hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:8), ese mismo dijo: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25). Él sabía que necesitaba redención, que no pudo acercarse a Dios por sus propios méritos. Y si él decía esto, ¿dónde quedamos los demás? Hay un abismo entre la persona más santa y la santidad de Dios. Por eso el apóstol dice que todos estamos “destituidos de la gloria de Dios”. “Todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta establecida”, es como lo traduce la NTV.
El pecado es definido como transgresión: quebrantar la ley, traspasar el límite entre el bien y el mal; iniquidad: un acto malo en sí mismo; error: apartarse del bien; no llegar al listón puesto por Dios; no dar con el blanco; voluntad propia, rebeldía, anarquía espiritual; incredulidad, un insulto a la veracidad de Dios.
La única solución fue que Dios ofreciese su Hijo en nuestro lugar. Sufrió nuestra condenación y quitó el pecado de en medio para que fuésemos justos: “Somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (v. 24, 25). Propiciación es una palabra rica en significado. El propiciatorio, situado en el Lugar Santísimo, era el mueble del Tabernáculo que representaba el trono de Dios. El Sumo Sacerdote lo rociaba con la sangre del animal sacrificado para aplacar la ira de Dios a causa del pecado de su pueblo y así conseguir su perdón. El propiciatorio era el lugar de reconciliación entre un Dios ofendido y un pueblo pecador. Jesús es nuestro propiciatorio. El pecador y Dios se encuentran reconciliados en Él. Al rociar el trono de Dios con la sangre de Cristo ya no es un trono de juicio, sino un trono de misericordia.