LA TRAYECTORIA DE LA GLORIA DE DIOS

“Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron y vi visiones de Dios” (Ez. 1:1).
Este asombroso libro empieza con una visión de la gloria de Dios, la más completa que tenemos en toda la Biblia. Supera toda posibilidad humana de describirla, o dibujarla, ¡aunque algunos lo han intentado! La presencia de Dios va acompañada de nubes, fuego, resplandor, ángeles, seres vivientes, ruedas… pues, el Espíritu de Dios está en movimiento continuo, en todas las direcciones a la vez, es un Dios que se mueve, y habla. En el mismo centro de la gloria hay algo parecido a un trono y “se veía una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él” (1:26). “Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que me hablaba” (1:28).
El evangelio siempre empieza con la gloria de Dios, no con las necesidades del hombre, sino con un Dios santo, en marcado contraste con el ser humano pecador: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Habiendo visto la gloria de Dios, lo que sigue en el libro de Ezequiel es el pecado del hombre: los corruptos dirigentes políticos, los sacerdotes que practicaban la idolatría mientras cumplían con su ofició santo, los falsos profetas, engañando a la gente, la injusticia del pueblo, la inmoralidad, la violencia, madres que sacrificaban sus bebés a los ídolos, la maldad en todos los estamentos de la sociedad. El pecado llegó a su colmo y, después de décadas de advertencia, Dios abandonó a su pueblo para que fuese destruido por el imperio babilónico. El profeta tiene una visión de la gloria de Dios como se levanta del Lugar Santísimo, pasa por el umbral de las puertas del Templo, sale de la Ciudad y desaparece por el monte de los olivos.
Este es el evangelio. El Dios glorioso es ofendido por el pecado que efectúa una separación entre Dios y el hombre, y que solo encuentra su remedio por la intervención de Dios mismo. Hace que los cautivos vuelvan, los perdona, les da un nuevo corazón, pone su Espíritu en ellos y finalmente le obedecen (Ez. 36:24-33). Los huesos secos cobran vida mediante la Palabra y el Espíritu (Ez. 37:1-10), y la gloria de Dios vuelve a llenar su nuevo templo hasta rebozar (Ez. 43:1-5), fluye por sus puertas en forma de un río de vida, aportando vida por dondequiera que vaya (Ez. 47:1-12).
Finalmente tenemos la nueva Jerusalen de justicia e igualdad, abundancia y paz donde Dios mora en medio de su pueblo como el Rey de Justicia, y todos los redimidos disfrutan de buenas relaciones los unos con los otros, de prosperidad y bienestar. Y la gloria de Dios lo llena todo. Su pueblo ya mora en la presencia de esta santísima gloria, pues el nombre de la Cuidad es: “Dios está allí” (Ez. 48:35). “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera” (Ap. 21:23). Y terminamos con la gloria de Dios llenando todo en todo.