UNA VEZ MÁS

“Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago. Ahora, si hago lo que no quiero hacer, realmente no soy yo el que hace lo que está mal, sino el pecado que vive en mí… Cuando quiero hacer lo que es correcto, no puedo evitar hacer lo que está mal” (Rom. 7:18-21).

No podemos dejar esta sección de Romanos (Rom. 1-8) sin escribir una vez más a la persona que está luchando para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, pero cae vez tras vez en el pecado, impotente para cambiar y vivir como quiere y debe. Exclama: “Amo la ley de Dios con todo mi corazón, pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente. Este poder me esclaviza al pecado que todavía está dentro de mí. ¡Soy un pobre desgraciado!” (Rom. 7: 22, 24). Esta, desde luego, no es la vida cristiana. La persona que tiene nueva vida en el Espíritu Santo no está esclavizada al pecado, ni se siente miserable. Si este es tu caso, ¡hay esperanza para ti! Se puede salir de este ciclo de lucha y fracaso. Si has aceptado a Cristo como tu Salvador, y has sido bautizado, y eres miembro de la iglesia, no importa; ¡lo que necesitas es convertirte otra vez! ¡Más vale convertirte varias veces que ninguna! Esta vida de pecado no es el resultado de una conversión auténtica: “El que practica el pecado es del diablo… Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3: 8).

La vieja naturaleza no puede vencer al pecado. La esclavitud a la carne es muerte: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8: 13). Necesitas que el Espíritu Santo te lleve a la muerte con Cristo. Es una obra sobrenatural. Tú no puedes hacerlo. La muerte con Cristo es el secreto, es la entrada a la vida en el Espíritu: “Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Rom. 6:6, 7). ¿Cómo sabes si has muerto o no has muerto? Si estás viviendo una vida de esclavitud al pecado, no has muerto. Tu vieja naturaleza está luchando contra el pecado y es derrotada, porque no tienes el Espíritu Santo en ti para luchar y vencer.

Vamos por partes. La primera cosa que necesitas es morir con Cristo. La segunda es resucitar con Él. Así entras en la vida cristiana. Puesto que es una obra espiritual, necesitamos la ayuda del Espíritu. Vamos a orar: “Espíritu Santo, necesito tu poder para morir. Llévame a la cruz de Cristo. Pon mi cuerpo encima del suyo. Quita el clavo de su mano, pon mi mano encima de la suya y clávala allí con ella. Quita el clavo de la otra mano y pon la mía encima. Vuélvelas a clavar juntas a la cruz. Quita el clavo de los pies de Jesúa y clava los míos encima. Déjame sentir el latir de su corazón debajo de mi cuerpo y cuando deja de latir, que pare el mío. Llévame a la muerte con Él. 

Bájame de la Cruz con Él. Llévame juntamente con Él al sepulcro. Que vele el ángel allí hasta el tercer día. Resucita el cuerpo de Cristo con Tu vida, Espíritu de Dios. Que su cuerpo traspase el envoltorio de la muerte, que traspase la puerta de piedra y que salga al nuevo día lleno de tu vida. Que resucites el mío juntamente con el suyo, y que salga de las sábanas limpias juntamente con Él, que traspase la piedra con Él y que salga a novedad de vida juntamente con Él, lleno de tu bendita vida, Espíritu de Dios, para vivir el resto de mi vida en la misma fe que sostuvo a Cristo, la suya, como decía Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo del Dios” (Gal. 2:20). Amén”. ¡Así resucitas a una vida de victoria! ¡Aleluya!